(
José Manuel Vidal).- Se encuentra ilusionado ante la "nueva etapa" en la Iglesia con el nombramiento de
Francisco. "Los que hemos vivido la explosión conciliar, con su luminoso sentido de liberación y esperanza,
sentimos de nuevo aquel aire en el rostro", explica
Andrés Torres Queiruga. El prestigioso teólogo gallego acaba de publicar
"La teología después del Vaticano II", el quinto libro de la colección RD en Herder. Y, entretanto, cree que la gran revolución de Francisco vendrá de "
realizar dentro de la iglesia, en un círculo sagrado, la renovación del poder desde el poder".
¿Se puede decir que el postconcilio fue la época dorada de la teología?
No época dorada, sino
época de esperanza y renovación. Para
comprenderlo, conviene echar una ojeada a la historia de la teología,
sobre todo a partir del Renacimiento. El humanismo cristiano (Erasmo,
Vives, Moro...) fue una oportunidad magnífica para la iglesia: la
posibilidad de continuar manteniendo el paso de la sociedad y la
cultura. El fermento evangélico nunca se volvió insustancial, perdiendo
toda su fuerza. Pero la deriva que se impuso fue la de
resistencia a lo nuevo.
Como dijo hace ya mucho tiempo Congar, se impusieron las
restauraciones. La última oportunidad a gran escala aconteció con la
crisis modernista: algunas soluciones no eran acertadas, pero las
preguntas y los problemas siguen en gran parte siendo los nuestros.
Después fue la pugna entre renovación -patrística, exégesis, liturgia,
pastoral-y la prohibición y represión oficial. El episodio más reciente
fue la
descalificación de la Nouvelle Théologie, en 1950. Nada
indica mejor lo que supuso el Vaticano II que recordar que los
condenados entonces fueron después sus grandes protagonistas.
"Concilio cargado de promesas y expuesto a decepciones", dice
usted. ¿Por qué el Concilio y su aplicación separó tanto en vez de unir?
Promesas ante todo, y muy reales. Porque, por fin, se abrían las compuertas de inquietudes largamente represadas.
La teología y con ella la iglesia pudo respirar aires de esperanza y de apertura al futuro.
Mucho de lo que no tenía otra oportunidad que ser dicho en voz muy baja
o incluso bajo seudónimo, fue acogido, proclamado y recomendado por el
Concilio.
Fue una explosión de espíritu, del Espíritu. Pero, como
sucede siempre en todas las renovaciones, el cambio produce
resistencias y conflictos; acaso más -como dijera ya Newman y recordó
Ratzinger-- en las renovaciones conciliares, porque éstas tocan lo más
hondo, lo sagrado. Los que no comprenden, o porque no pueden o porque no
quieren, se resisten; y cuando tienen poder, lo imponen.
Resistencias las hubo, y muy fuertes, durante el Concilio.
Después fueron afirmándose cada vez más, mediante el control y la
prohibición, esquivando tozudamente el diálogo: un estilo que ya parecía
olvidado, que ha sido la rémora --me atrevería a decir el cáncer- más
grave de la vida eclesial y del pensamiento teológico. Porque eso
paraliza la vida de la Palabra -que, testigo Isaías, no quiere volver al
cielo sin fecundar cada época y cada cultura- y hace que la Iglesia
aparezca como ajena al mundo, como portadora de una mala noticia en
lugar de un "eu-angellion", de una buena nueva.
¿Desde la llegada al solio pontificio de Juan Pablo II comenzó la desactivación del Concilio?
En realidad, los gérmenes estaban ya en ciertas actitudes del mismo
Pablo VI (por lo demás, un papa de conscientes, auténticas y profundas convicciones democráticas). Pero cabe afirmar que
a partir de Juan Pablo II la desactivación se convirtió en programa.
No dudo de que en su intención estaba "salvar el concilio", pero
objetivamente la suya fue una paralización de la cual costará muchos
años poder salir. Sobre todo porque duró mucho, hasta el gesto
inesperado de Benedicto XVI: una
renuncia que a un tiempo le honra y demuestra la equivocación de ese diagnóstico.
¿Descongelar el Concilio puede ser la base o el programa de la reformas esperadas del Papa Francisco?
Han pasado 50 años. La descongelación es ciertamente imprescindible.
Pero como un primer paso, porque, gracias a Dios, a pesar de todo
ni la teología ni la vida eclesial estuvieron paralizadas
y, contra viento y marea, se ha avanzado en muchos aspectos. Lo que
hace falta es confirmar los avances y continuarlos. Creo que la
perspectiva adquirida nos pone en condicione de hacerlo con más
serenidad, más equilibrio y más espíritu de diálogo. En este sentido,
nunca agradeceremos bastante al papa Francisco el hecho "simple y
elemental" de haber acabado, casi de golpe, con todo un estilo de
gobierno desde el
aislamiento solemne y del poder incuestionable.
¿Cómo salir de la "grave desafección interna" en cuanto a la
moral? O, ¿cómo pasar "de la moral religiosa a la vivencia religiosa de
la moral?
Ese es un capítulo fundamental, que, en mi parecer, por no haberse
renovado debidamente, está costando toneladas de prestigio eclesial y
millones de abandonos. Con la moral está pendiente la revolución que
-fuera de restos nostálgicos-ya se ha hecho con la ciencia: reconocer su
autonomía en los contenidos y así
liberar a la iglesia para ejercer su verdadera misión en la moral:
la de fundamentación y animación desde la confianza en un Dios que,
creándonos por amor, nos apoya en la dura pero gloriosa tarea de
realizarnos humanamente, en autenticidad personal y convivencia
fraterna. Lo que intento decir se entiende con un ejemplo: el papel de
un padre no es dictarle a un hijo adulto qué es lo que tiene que hacer,
pero está en su auténtico papel cuando lo anima y lo apoye a que sea
auténtico, que cumpla con aquello que reconoce como deber, aunque pueda
costarle mucho. Aquí radica el verdadero -y fecundo-valor del rol de la
iglesia en la moral: de modo directo para sus fieles, y como oferta en
diálogo para los que no lo son. Por ahí va también la doble afirmación
de Habermas: que
la iglesia tiene derecho a intervenir en el diálogo
público acerca de las cuestiones éticas, pero que debe intervenir con
argumentos éticos, no directamente religiosos.
¿Es posible aprobar la "asignatura pendiente" de la democratización eclesial?
Posible es. Y necesario también. Pero difícil, aunque tengo
esperanza de que se hará, por la fuerza de la verdad evangélica -el que
manda sirva, el primero sea el último- y por la presión cultural:
una iglesia actualizada no puede vivir con esquemas autoritarios
en una cultura, que, pese a los abusos, ha adoptado convicciones
democráticas. Está pendiente la asignatura decisiva: comprender que el
"origen divino del poder" viene de Dios ciertamente; pero viene a través
de la comunidad. A pesar de que san Pablo hablaba del emperador --"toda
autoridad viene de Dios" (Rm 131)--, la teología, sobre todo con Suárez
y Belarmino, lo aclaró respecto del poder político contra los
privilegios y abusos del "derecho divino de los reyes". Pero no se hizo
-todavía-así respecto de la Iglesia, donde la aplicación resulta más
obvia evidente, pues desde la fe sabemos que toda ella está habitada y
vivificada por el Espíritu.
¿El "omnímodo poder papal" es evidente, una vez más, con
Francisco, que con sus gestos está imprimiendo una nueva dinámica a toda
la Iglesia?
Su actitud está suponiendo
una auténtica revolución, un vendaval de espíritu -de Espíritu- renovador.
Está creando las condiciones para las renovaciones concretas que están
pendientes. La culminación sería que ya en su vida fuese posible llevar a
cabo la paradoja de
realizar dentro de la iglesia, en un círculo sagrado, la renovación del poder desde el poder:
que el "omnimodo poder papal" -"la sede suprema no puede ser juzgada
por nadie"- se transforme a sí mismo, decretando jurídicamente que
también él está dentro de la iglesia, a través de la cual se recibe y
dentro de la cual debe realizarse en comunión universal y diálogo
fraterno. La Constitución Dogmática sobre la Iglesia (Lumen gentium) lo
ha proclamado como principio fundante en su capítulo segundo, al definir
todo oficio como servicio dentro de la comunidad.
Propone usted el modelo de la vida religiosa para los cargos en la Iglesia.
Ese es un capítulo no debidamente valorado. Antes incluso, siglos
antes, que en la sociedad civil, las órdenes religiosas comprendieron
que e
l modo más evangélico y realista de gobierno era mediante la elección y la duración temporal de los cargos
de gobierno. Creo que esto urge para los cargos jerárquicos en la
iglesia, si, fiel al evangelio, quiere mantener el paso de una historia
en ritmo acelerado. De hecho, la norma del retiro a los 75 años es ya un
claro comienzo. Tímido, sin duda, pero, sobre todo, un reconocimiento
de la legitimidad de principio, como a su modo acaba de serlo la
renuncia de Benedicto XVI.
Vuelven los pobres y la Teología de la Liberación. ¿Lo que hace
unos meses decían algunos teólogos como usted y eran declarados casi
herejes, ahora lo dice el propio Papa?
Es el cambio de clima. La renovación desde los cimientos. El
florecer de los frutos que estaban ya ahí, en germinación fecunda y
fermentación evangélica. Evidente para la teología de la liberación.
Creo que también, en general, para la teología y las iniciativas
eclesiales.
¿Por qué se cae por su peso el argumento contra la ordenación sacerdotal femenina de que "Jesús sólo escogió apóstoles varones"?
Pues, justamente por su peso. Los exegetas llevan tiempo diciendo que
no hay motivos bíblicos para esa negativa. Y yo insistiría en uno que
no suele citarse, al menos con debido énfasis. Si hubiese algún
argumento que pudiera merecer unos segundos de consideración, no sería
que en el círculo de los apóstoles no había ninguna mujer, pues eso
tiene una evidente explicación en la sociología del tiempo. Sería más
bien, el hecho de que
no había ningún extranjero, porque esto sí
que -en una interpretación fundamentalista- podría enlazar con la clara
decisión de Jesús de limitar a Israel su apostolado y el de los
discípulos.
Tomado a la letra, no serían posibles precisamente ni un papa polaco ni uno alemán.
Por fortuna la primera iglesia comprendió bien el alcance biográfico de
esa limitación y abrió el apostolado a los extranjeros... y a las
mujeres.
¿Le ilusiona esta nueva etapa eclesial?Mucho. Los que hemos vivido la explosión conciliar, con su luminoso sentido de liberación y esperanza,
sentimos de nuevo aquel aire en el rostro.
A la sensación de parálisis sigue un bullir de sangre nueva e inquietud
vital, tras el tiempo de invierno hay germinar de primavera.
¿Dejarán a Francisco plasmar su revolución tranquila?Tranquila, tranquila no podrá ser.
Pero este papa es un pastor y tiene experiencia de gobierno. Va a la
vida, a la animación de la comunidad, a la unión de las iglesias, a la
llamada al mundo para luchar contra el hambre y la pobreza. No tiene, ni
las precisa, ínfulas de teólogo y por eso respetará la autonomía de las
diversas funciones y carismas en la iglesia.
¿Cómo ayudar en esa tarea al Papa?
Incluyéndose, cada uno y cada una desde su puesto y desde sus
capacidades, en el movimiento iniciado por él. Hacer de la iglesia un
pueblo vivo, fraternalmente inserto en un mundo en cambio, a cuyo futuro
pueda contribuir con el mensaje evangélico.
Un mensaje cargado de sentido y esperanza,
que, si sabemos vivirlo en autenticidad y libertad hacia dentro, puede
resultar contagioso como oferta a un mundo que lo necesita como el pan
de cada día.
¿Qué opina de la encíclica "Lumen fidei"?
Se trata de un fenómeno "raro". No sé si deseable, pues un retiro es un retiro y punto, como diría Fraga. En todo caso,
honra al papa Francisco,
que muestra humildad y deseo de evitar cualquier apariencia de
protagonismo personalista y, menos, de ruptura institucional. En cuanto
al contenido, fuera de los pequeños añadidos --que habría que conocer
con exactitud--
es puro Ratzinger. Posiblemente no del mejor
teólogo Ratzinger: veo la encíclica demasiado extrinsecista en las
relaciones fe-razón, continúa con poca apertura el diálog entre las
religiones, queda dolorosamente unilateral en las relaciones entre el
Magisterio y la teología y sigue con un modo poco actualizado de leer la
Biblia. No quisiera, con todo, desconocer su búsqueda de una visión
integral, redondeando las dos encíclicas anteriores, a veces con
formulaciones verdaderamente acertadas y cierta apertura al mundo del
pensamiento secular.