Mostrando entradas con la etiqueta EL AFÁN DE CADA DÍA. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta EL AFÁN DE CADA DÍA. Mostrar todas las entradas

jueves, 26 de febrero de 2015

CADA DÍA SU AFÁN 1 DE MARZO DE 2015

                       LA GLOBALIZACIÓN DE LA INDIFERENCIA

Esa es la idea que se repite en el mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma del año 2015. Según él, la indiferencia alcanza hoy una dimensión mundial. Cuando estamos bien, nos olvidamos de los demás, de sus problemas y sufrimientos y también de las injusticias que padecen los que no están bien.  “También para los cristianos, la indiferencia hacia el prójimo y hacia Dios es una tentación real”. 
Tras esta mirada a nosotros mismos, hemos de volver nuestros ojos a Dios. La fe nos dice que Dios es amor y no puede ser indiferente ante nosotros. Nos conoce, nos cuida y nos busca cuando lo abandonamos. La Encarnación de su Hijo, su vida, su muerte y resurrección son la mayor prueba del amor de Dios.
Con esos misterios se abre la puerta entre Dios y los hombres. Y ahí aparece la Iglesia, “como la mano que tiene abierta esta puerta”. La imagen es muy acertada y explica la persecución. Una sociedad que tiende a cerrarse en sí misma y a cerrar la puerta por la que Dios entra en el mundo y el mundo en Él, intentará rechazar, aplastar o herir esa mano que mantiene abierta la puerta de Dios.
En ese contexto, el Papa Francisco sugiere algunas tareas concretas a la Iglesia, a las parroquias y comunidades y a cada persona creyente.
1. La Iglesia da testimonio del amor de Dios, que rompe la cerrazón mortal de la indiferencia. Ella es el cuerpo de Cristo y la comunión de los santos. Por tanto, “en esta comunión de los santos y en esta participación en las cosas santas, nadie posee sólo para sí mismo, sino que lo que tiene es para todos”. 
2. Las parroquias y las comunidades han de conocer a sus miembros más débiles, pobres y pequeños, y hacerse cargo de ellos. Es falso decir que se ama a los que están lejos en el mundo, mientras se olvida al pobre Lázaro, sentado ante nuestra puerta cerrada. “Toda comunidad cristiana está llamada a cruzar el umbral que la pone en relación con la sociedad que la rodea, con los pobres y los alejados”.
Seguir a Jesucristo  por el camino la lleva hasta los confines de la tierra.  Según el Papa, las parroquias y comunidades han de ser islas de misericordia en medio del mar de la indiferencia.
  3. Ante la tentación individual de la indiferencia, siempre podemos orar. El Papa nos propone la   iniciativa “24 horas para el Señor”, en los días 13 y 14 de marzo. A la oracion se han de unir nuestros gestos de caridad. “La Cuaresma es un tiempo propicio para mostrar interés por el otro, con un signo concreto, aunque sea pequeño, de nuestra participación en la misma humanidad”. 
La necesidad del hermano nos recuerda la fragilidad de nuestra vida, su sufrimiento nos llama a la conversión. Superar la trampa de la indiferencia requiere esfuerzo. Pero la oración nos ayudará a tener  “un corazón fuerte y misericordioso, vigilante y generoso, que no se deje encerrar en sí mismo y no caiga en el vértigo de la globalización de la indiferencia”.

                                                           José-Román Flecha Andrés




domingo, 7 de diciembre de 2014

CADA DÍA SU AFÁN 7 de Diciembre de 2014

                                                    
LA INMACULADA DE PABLO VI

El 8 de diciembre de 1959, el Cardenal Montini pronunciaba en la catedral de Milán un admirable discurso sobre la Inmaculada Concepción de María. Según su estilo habitual, iniciaba su reflexión con unas preguntas sobre este misterio: “¿Qué es lo que veo? Pregunto a todos: ¿Qué es lo que veis? ¿Qué imagen refulge sobre nuestro horizonte humano?”.
Su respuesta era sumamente sugestiva. Aunque todos denigramos alguna vez a la humanidad, somos en realidad sus admiradores, porque formamos parte de ella. Nos gustaría ver una humanidad perfecta. Pues bien, en María descubrimos lo mejor de nuestro ser. Lo vemos sin desequilibrio ni discordancia, sin imperfección ni corrupción.
Además, aun contaminados por la suciedad de este mundo, nos gusta imaginar nuestro ser totalmente limpio. No es fácil conseguirlo. Pero en María descubrimos también ese ideal de la limpieza, de la pureza sin mancha.
En tercer lugar, viene a nuestra mente la nostalgia de la belleza que a todos nos seduce. Ahora bien, al dirigirse a María, la liturgia la proclama “Toda hermosa”. Montini se preguntaba el porqué.  ¿En qué tiene su raíz esa belleza? Y la razón es su cercanía al mismo Dios: María tiene el esplendor de la belleza “porque ha salido de sus manos en la integridad absoluta, perfecta, purísima y bellísima; porque es un pensamiento de Dios que se refleja en su integridad… Ahí tenemos, al fin, un retrato de Dios no enturbiado, no corrompido”.
Esta contemplación nos recuerda que, si de la luz blanca nacen todos los colores, de la figura de María destellan su dulzura, su bondad, su obediencia, su sabiduría.
El futuro  Pablo VI añadía que esta figura llena de perfección, de limpieza y de hermosura suscita la impresión de “una extremada delicadeza, como cuando nos aproximamos a una vestidura limpia, cuando se posan nuestras manos sobre una flor y temen desflorarla, contaminarla, ajarla, o cuando miramos la nieve recién caída y nos maravillamos de esa blancura que siempre querríamos ver sin mancillar”.
De pronto, el cardenal Montini se detenía, como temiendo que se asociara la delicadeza a la debilidad. Pero no. Es verdad que las cosas perfectas han de ser defendidas, pero no porque sean débiles. María es fuerte en todos los momentos de su vida. “No hay virtud si no hay resistencia, si no hay una superación de obstáculos, si no hay algo de explosión, de energía”.
Montini evocaba entonces una educación que quiere  dejar al niño abandonado a sus apetencias. Frente a esas ideas, propugnaba él la obligación de defender la perfección humana. Pero también añadía que es preciso educar a la persona para que la virtud pueda, en un cierto sentido, defenderse a sí misma y fortalecerse.
Este discurso, que anticipaba al que había de pronunciar en la clausura del Concilio,  se cerraba con una oración que puede ser la nuestra: “¡Oh Señora, danos la fuerza, danos la virtud, danos tú lo que nos falta!”.


                                                   José-Román Flecha Andrés

sábado, 15 de noviembre de 2014

EL AFÁN DE CADA DÍA 16 de Noviembre 2014

CORRUPCIÓN Y RESPONSABILIDAD

Un clamor unánime critica la corrupción en que han caído muchas personas que debían dar ejemplo de honradez y responsabilidad. Ante algunos que se han atrevido a pedir perdón, se han alzado las voces de los que replican que la corrupción no es un pecado, sino un delito.
Estos se parecen demasiado a los que por no aceptar su pecado, se disculpan diciendo que ha sido sólo un error. Pero esa distinción es verdadera solo a medias. Es cierto que el pecado es siempre un error, por ser una traición a la verdad última del ser humano. Y es verdad que el pecado puede ser un delito, cuando está sancionado por las leyes.
Por otra parte, también puede haber errores que no son pecado, cuando no implican conocimiento, voluntariedad o libertad en quien actúa. Y hay delitos que no son pecado, cuando son injustas las leyes que prohíben una acción. Esconder a los judíos pudo ser un delito en el régimen nazi, pero no era un pecado.
Este no es un tema ajeno a la fe cristiana, que comporta el amor y el servicio a los demás. Al referirse a la acción política, el Concilio Vaticano II afirmaba que “la Iglesia alaba y estima la labor de quienes, al servicio del hombre, se consagran al bien de la cosa pública y aceptan las cargas de este oficio”.
A continuación recordaba la responsabilidad de todos los ciudadanos para que “eviten atribuir a la autoridad política todo poder excesivo y no pidan al Estado de manera inoportuna ventajas o favores excesivos, con riesgo de disminuir la responsabilidad de las personas, de las familias y de las agrupaciones sociales”.
Ahora bien, el texto conciliar no olvidaba tampoco recordar que “los partidos políticos deben promover todo lo que a su juicio exige el bien común” y afirmaba a renglón seguido que “nunca está permitido anteponer intereses propios al bien común”.
El Concilio nos invitaba finalmente  a “prestar gran atención a la educación cívica y políti­ca”, de modo que quienes vayan a “ejercer este arte tan difícil y tan noble que es la política, se preparen para ella y procuren ejercitarla con olvido del propio interés y de toda ganancia venal”.
Estas frases no pertenecen exclusivamente a los teólogos y moralistas cristianos. El conocido psicólogo norteamericano Karl Menninger ha afirmado rotundamente que el pecado consiste hoy precisamente en la irresponsabilidad colectiva.
El pecado de la corrupción no sólo afecta a los políticos. Son muchos los profesionales y los ciudadanos que han olvidado su responsabilidad social por atender a sus intereses particulares. La ley y la ética han de ayudarnos a todos a revisar nuestros valores. 
Habrá que promulgar leyes que impidan y castiguen los abusos que a todos nos escandalizan. Pero también habrá que favorecer  y promover la educación en valores morales, para que todos los ciudadanos percibamos la gravedad del mal y no tratemos de eludir nuestra responsabilidad social.

José-Román Flecha Andrés